Ante la presencia del cuerpo

 Para ver claro,
basta con cambiar la dirección de la mirada.
Antoine de Sainte-Exupery

 

El cuerpo, territorio móvil, escenario polisémico, sitio de batalla y meandro de memoria, es desde donde se perfila este texto. Se hace hincapié en los escorzos, los límites y los recovecos, ahí ocurre lo impensable y lo imposible. El cuerpo es un contenedor único que reúne y recoge, que concibe y posibilita, que presenta y detona cualquier situación.

Esta revisión geográfica del videoperformance en diversos países hispanohablantes apuesta por la reconfiguración de sus propios límites y fronteras desde la identidad y la memoria. Los cuerpos-territorio permean, señalan e identifican, entregan razones para ser y estar, o incluso para huir y esconderse. Espacio tanto de negación como de orgullo, donde el cuerpo es múltiple y da cuenta de los diversos matices físicos de cada zona o región.

Pero el cuerpo también es trinchera. Es zona de batalla, recoge inclemencias y desdenes. A través de él se traduce, se transforma, se purifica. Es el cuerpo y sus actos los que importan pues dan luz ante las tinieblas y permiten esclarecer cada capítulo vivido, esos actos permiten entender de otro modo la realidad. El cuerpo es presencia y es grito. Es susurro.

Se ha dicho una y mil veces que el cuerpo es el lienzo en blanco donde se narrará una historia, donde se llevarán a cabo los trazos que dibujarán el escenario y que es la materia prima, el continente y el espacio de la obra a presentar. En este sentido, la investigadora mexicana Josefina Alcázar dice que el performance es “una forma híbrida que nació rompiendo todas las fronteras artísticas, donde el artista dejó el lienzo y pasó a la temporalidad, a la presencia, a incorporarse a un mundo donde emerge una compulsión de lo real, lo auténtico, lo vivido, lo experimentado, lo testimonial y donde los artistas ponen en escena su propia subjetividad.”[1]

Y es que el cuerpo es el material que nos acompaña siempre, a lo que más tenemos acceso, donde podemos poner nuestros propios límites. El cuerpo es contenedor y es paisaje. Podemos recorrerlo y permitir que otros lo recorran, hay que pensar que el otro siempre es factor importante para el performance, por no decir casi imprescindible.

Paco Barragán, curador de la muestra No lo llames performance, afirma que “el cuerpo sigue siendo para el artista el material más moldeable y accesible, capaz de generar de manera inmediata discursos críticos acerca de la política y vida cotidianas”.[2]

Hay performances que buscan precisamente entender qué pasa con la negación del cuerpo o con la ausencia de él, proyectos que exploran los límites del concepto purista que dice que el performance es un acto efímero e irrepetible, un acto que requiere forzosamente la presencia del cuerpo siguiendo otros ejes transversales como el tiempo y el espacio, es decir el cuerpo en función del aquí y el ahora.

Hay performances que se configuran desde lo conceptual, partiendo del pensamiento y la capacidad de engendrar metáforas y parábolas. Son aquellos en que se genera conocimiento corporal, entendimiento sobre la máquina humana. Capaces de ejercer la crítica y destruir muros. Hay otros performances que se conciben desde lo sentimental, a partir lo más profundo de la memoria y el cuerpo, desde la reliquia y el recuerdo. Esos performances son capaces de mover montañas, de estremecer hasta al más indiferente. Aquellas acciones, son un triunfo de las artes del cuerpo.

Como sea, es el cuerpo el que produce, el que concreta; es el cuerpo el que se mueve y se balancea. Jean-Luc Nancy dice que “un cuerpo es material. Es aparte. Distinto de los otros cuerpos. Un cuerpo comienza y termina contra otro cuerpo. Incluso el vacío es una especie muy sutil de cuerpo”.[3] Nos habla de la importancia de entender ese contenedor, de entenderlo como soporte. Hace que nuestra mirada se dirija hacia los otros –los otros cuerpos– que nos rodean. Nos habla de comunidad, de entorno, de contextos.

Pero al mismo tiempo, Nancy menciona que “un cuerpo es inmaterial. Es un dibujo, es un contorno, es una idea”.[4] Nos habla de lo efímero y de lo intangible. Nos habla de la complejidad del cuerpo y sus desplazamientos. Aborda sus límites, sus bordes, sus alcances, y nos repite que el cuerpo es el único contenedor que poseemos.

El cuerpo es continente, y como tal tiene fronteras, las cruza, las mapea, las divide y cartografía. El cuerpo ocupa un lugar, y por lo tanto es también una idea.

Es por eso que esta introducción recurre al título de uno de los libros de André Lepecki[5], OF THE PRESENCE OF THE BODY. Essays on Dance and Performance Theory[6], pues es justo frente a sí mismo que el cuerpo toma un lugar y emergen todas sus potencias. Las artes escénicas recurren al cuerpo y su desempeño. Trabajan a partir del rigor y la disciplina. Interconectan mente-cuerpo en pro de la perfección. Pensar en ballet, por ejemplo, es sinónimo de exigencia y adiestramiento. Un cuerpo perfectamente entrenado, que funciona casi como una máquina, obedece, soporta y responde contundentemente.

El arte del performance como lo entendemos en muchos países de América Latina, el performance art, se refiere justo al quiebre de esas partituras. Señala el momento en que el cuerpo desobedece, cuando busca nuevas formas, cuando estalla. En Latinoamérica el performance generalmente proviene de las artes visuales y su cruce con otras disciplinas. Por supuesto también se mezcla con la danza y el teatro, coquetea con el circo y el cine, juega con la literatura y el audiovisual, pero también se cruza con la vida misma, con la carne, con otros cuerpos, con la sangre.

El performance conglomera disidencias, asume posturas, dice lo que nadie dice. La artista mexicana María Eugenia Chellet lo concibe como “un espacio de libertad”[7]. “El performance no es teatro”[8] afirma Carlos Zerpa, performancero venezolano.

La artista y activista mexicana Laura García nos dice que “la performance irrumpe, declara territorios autónomos, sitios imperceptibles, disloca su dirección y la convierte en un elemento de pulsión aleatoria. Lejos de ser una práctica con formas determinadas o acabadas, la performance ofrece un universo aún por explorar”.[9] El poeta visual español Bartolomé Ferrando dice que “la performance es un guiño. El ojo no ríe, sonríe”[10], y enfatiza que “en esencia la performance es un acto único realizado en un entorno de cuyas características se ha apropiado y al que los bordes de un tiempo irrepetible, abrazan. Su sentido deberá ser extraído por el receptor en base a la reunificación de los elementos expuestos”.[11]

Cuando hablamos de performance hablamos de traducción, eso es el performance, traducir una idea a una acción con nuestro cuerpo. Generar una imagen capaz de decir lo que se quiere decir sin la necesidad de usar palabras. Un catalizador, un parteaguas.

Propongo ver el performance como un verbo en infinitivo, los verbos con terminación ar, er, ir implican una acción, una actividad, un proceso. Un hecho en potencia, que bajo la lupa del performance será entendido como intencional; es decir, para que un performance exista se debe ser consciente de ello, y debe haber una intención específica. No se trata de hacer por hacer, sino de un hacer-consciente, creativo, concreto

El cuerpo entonces nos sirve para explorar los senderos del performance. Nos llevará a una dirección real, a entender un lenguaje nuevo –entre comillas nuevo pues el término se acuña hace unos cincuenta años–. Conocer este lenguaje “eternamente nuevo” es sin duda una experiencia, una apuesta, un peligro, pues el performance cuando se plantea desde el convencimiento y la entrega total, cuando se asume, no se anda con rodeos.

Y aquí se hablará también del cruce que existe entre el cuerpo y otros soportes, del resultado que surge al mezclar posibilidades. La cruza de disciplinas genera un potencial nuevo, muchas veces inesperado, pero que descubre cualidades nunca antes vistas.

Lo fílmico y lo videográfico ofrecen al performance un panorama bastante atractivo. Este híbrido resultante sintetiza un nuevo lenguaje. Se recarga, se renueva, pero al mismo tiempo cambia de dirección su mirada, pues los soportes técnicos del video y el cine buscan la permanencia.

El acto en vivo deja ese estado fugaz; el performance adquiere otra fuerza, pero se comienza a cuestionar su esencia original. Deja atrás su estado gaseoso para convertirse sólido, para tener barreras y límites, o llamémoslos encuadres.

Sin embargo, este cambio de soporte no significa que se pierdan batallas, se trata de un nuevo estilo, una disciplina con sus propios matices. Un campo experimental de la imagen que sirve para ver desde otros ángulos al mismo cuerpo, con sus respectivos códigos y lineamientos, tanto o más libres que el propio performance, porque ahora posee la capacidad de detener el tiempo, de contenerlo, de ampliarlo. Posee recursos nuevos, nuevas magias.

Tratando de generar un puente entre estos temas –cuerpo, performance, videoperformance–, se integran aquí dos textos; el primero intenta ofrecer un mapa, un panorama de la presencia del cuerpo en las artes en diversas regiones de Latinoamérica, como un mosaico que facilite ver la trascendencia de su uso, particularmente el impacto que ha tenido la incorporación del performance a los discursos locales que en suma, elaboran un mecanismo de defensa potente y críticamente agudo.

El segundo texto intenta profundizar en la relación cuerpo-tecnología que se da con la incorporación del recurso video a los lenguajes del cuerpo. Esta hibridación surge al mezclar las herramientas fílmicas y videográficas con el arte acción, preguntándonos hasta dónde se conservan los mecanismos propios del performance y si este tipo de obras resultantes son consecuencia o se alejan del espíritu efímero de dicha actividad disciplinar.

Al final se presentan varios textos que nos muestran un panorama por países, en los que de manera expositiva se narran acontecimientos que resultan clave para el lenguaje del videoperformance. Este conjunto de textos busca solamente hacer un álbum al cual seguramente le seguirán faltando estampas, pero que ofrece un paisaje de anécdotas y datos específicos.

En el presente texto veremos cómo se ha conjugado este universo, un panorama nuevo con una topografía a base de pixeles, un paneo al videoperformance en Iberoamérica.

 

[1] Alcázar, Josefina. “PERFORMANCE: AUTOBIOGRAFÍA EN LA CARNE VIVA” en: Performance, un arte del yo. Autobiografía, cuerpo e identidad(México . Siglo XXI, 2014) 17

[2] Barragán, Paco. “No lo llames performance” en: Catálogo de la muestra No lo llames performance, (Salamanca: Europa Artes Gráficas. Museo del Barrio, 2004) 20

[3] Nancy, Jean-Luc. “Indicio 5” en : 58 indicios sobre el cuerpo. Extensión del alma. (s/i. Ed. La Cebra, 2007) 14

[4] Ibíd. Indicio 2. Pág.13

[5] André Lepecki es uno de los investigadores más importantes que se ocupa de la danza en su aspecto más perfomático. Con sus textos busca entender, aunque parezca paradójico, que el lenguaje de la danza, lejos de agotarse, es capaz de transformarse arribando a grandes y nuevos movimientos.

[6] Lepecki, André. Essays on Dance and Performance Theory. (Middletown , Connecticut: Wesleyan University Press) 2004

[7] Chellet, Eugenia. Comunicación personal. México, 2017

[8] Zerpa Carlos. “¿Una definición tuya del Perfomance (Art)? en: envenena. (Venezuela: Universidad de los Andes. Dirección General de Cultura y Extensión, 2009) 211

[9] García Hernández, Laura. “Territorios subversivos parte II” en Performagia 5, Museo del Chopo – UNAM. México, 2011) 67

[10] Bartolomé Ferrando. “La performance como lenguaje” en: Performancelogía. Todo sobre Arte de Performance y Performancistas. http://performancelogia.blogspot.mx/2007/07/la-performance-como-lenguaje-bartolom.html [Consultado el 07/07/2017]

[11] Ibíd.

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